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Paranormal - Cap. 5

Aidé llegó muy temprano, justo cuando Alejandro se disponía a salir rumbo al banco; Raquel los presentó y enseguida se marchó presuroso. Raquel y los muchachos también estaban a punto de abandonar la casona, era su primer día de clases en un colegio alejado de ahí; ella tendría que llevarlos y traerlos, mientras contrataban...











QUINTO DIA (miércoles)


Aidé llegó muy temprano, justo cuando Alejandro se disponía a salir rumbo al banco; Raquel los presentó y enseguida se marchó presuroso. Raquel y los muchachos también estaban a punto de abandonar la casona, era su primer día de clases en un colegio alejado de ahí; ella tendría que llevarlos y traerlos, mientras contrataban el servicio del autobús. Se despidieron con entusiasmo y entonces, la joven sirvienta se quedó sola en la colonial mansión. Nuevamente decidió empezar a barrer por la planta baja. Por ser tiempo de lluvias vio muy normal que amenazara tormenta. Grandes nubarrones ensombrecían la mañana, una fina llovizna comenzaba a caer, quizá había un ciclón en la costa; por tal motivo decidió encender algunas lámparas colgantes para enseguida empezar con ahínco su trabajo.


Pasaron algunos minutos, ahora estaba completamente concentrada en sus tareas. De pronto dejó de barrer, aguzó el oído... Si, no había duda, en la planta alta se escuchaban voces, por lo menos dos personas, una mujer y un hombre conversaban. Estaba desconcertada y hasta un poco molesta, como es posible que la señora nuevamente omitió decirle que se quedaban otras gentes en la casa; a ella no le importaba pero, pues, por lo menos por cortesía se lo hubiera dicho. Decidió no darle mayor relevancia, saludaría a quienes fueran o contestaría a su saludo amablemente y se apresuraría a terminar para retirarse, quizá antes de que regresara la señora Raquel; realmente se sentía incomoda.


Seguía escuchando las voces con toda claridad, ahora se reían; parecían españoles por algunas palabras propias de aquellos. Los gruesos nubarrones tornaron la casona más sombría; la lluvia arreció y algunos rayos cayeron en las cercanías. Entonces los que conversaban, al parecer comenzaban a bajar las escaleras. Aidé les dio la espalda a propósito para que no pensaran que los estaba escuchando, cuando le saludaran voltearía. Por los pasos y las voces ubicaba su posición, ahora estaban exactamente detrás de ella; pasaron de largo sin saludar, estarían llegando al cancel según calculó. Que gente rara pensó, entonces volteo y quedó sorprendida; estaban alcanzando la puerta de la calle que permanecía entreabierta… no lo podía creer! Eran una pareja y nuevamente iban disfrazados, quizá a otro evento. La mujer, que seguramente era la misma de ayer, llevaba un elegante y largo vestido azul, además un sombrero con bonitas plumas de aves del mismo color; el caballero, un fino traje gris, sombrero de copa guantes blancos y bastón, como hace doscientos años tal vez. Aunque lo que más le intrigó… no oyó que hubiesen abierto el cancel que permanecía cerrado.


Terminó su labor abajo y decidió apresurarse con las recámaras de la segunda planta. Entró en la matrimonial para barrer y hacer la cama. La señora le había dicho que ahí dormían los cuatro, aunque le pareció extraño no quiso preguntarle por qué. Entonces se sorprendió, pues desde que caminó los primeros pasos dentro de la enorme habitación la sintió muy fría, encendió la lámpara de araña que pendía del techo, ya que la semioscuridad se acentuó al cerrarse la lluvia fuertemente. Se escuchaban ya los chorros de agua de los tubos de desagüe de las azoteas, que con fuerza caían en el patio central… De pronto, la luz de la lámpara quedó en una fase, cosa muy normal por la tormenta, se dijo Aidé;  por supuesto, la iluminación se transformó amarillescamente tenue al grado que no pudo seguir barriendo, decidió salir hasta que la corriente eléctrica se normalizara.


Dio la media vuelta y empezó a caminar hacía la salida, le faltaban cuatro pasos, cuando de pronto… Una voz de adolescente escuchó a su espalda…


- ¡Aidé!


Sintiendo un sobresalto por lo inesperado se detuvo y... comenzó a voltear lentamente... Allí, por un lado de la cama, estaba parado un jovencito como de trece años de edad que vestía anticuadamente, y que la miraba fijamente con una rara sonrisa. Sintió la piel chinita inexplicablemente, pero sin embargo, controlándose le preguntó:


-¡Hola! ¿Eres familiar de la señora Raquel? ... Fue a dejar a sus hijos al colegio… No me comentó que hubiese más personas en la casa. ¿Tú también vas al evento de disfraces? ¿Son tus papás las personas que salieron también disfrazadas? - el adolescente sin contestarle seguía inmóvil en la semioscuridad, observándola fijamente.


- ¿Acaso es tu tía la señora Raquel?  ¿Por qué no me contestas? - Aidé empezó a sentir nervios.


¿De dónde había salido  aquel niño con ropa del siglo diecinueve? … Mejor dio la media vuelta y prosiguió su camino al sentir que aquello no era normal. En realidad, quería correr pero se contuvo; ese muchacho al parecer mudo, estaba muy raro; llegó a la puerta y siguió por el pasillo empezando a bajar la escalera; abajo se sentiría más tranquila, abriría la puerta de la calle completamente y esperaría a la señora para decirle que había gente rara en la casa, y que eso la hacía sentirse incómoda; tal vez le daría las gracias para ya no regresar, pues lo más desconcertante es que ella se lo ocultase, todo era muy extraño.


Comenzó a bajar las escaleras; el estruendo de un rayo hizo que vibraran los vidrios de las ventanas al tiempo que la luz se fue completamente. La casona quedó entonces dentro de una impresionante penumbra. Fue cuando Aidé se detuvo al sentir vivamente que la seguían...  Volteó lentamente y…


- ¡Haaaaaaaaa!


El grito que dio fue desgarrador pues… El niño venía flotando pegado a la pared, levitando a un metro de altura quizá, con una mueca burlona y los ojos rojos, diabólicos. La aterrada muchacha, sacando fuerza de su mismo pánico, se echó a correr escaleras abajo, al tiempo que escuchaba claramente la voz del extraño ser que entre risas y áspera voz le gritaba:


- ¡No te vayas Aidé! … ¡Regresa… Ja ja ja ja ja!


Raquel estacionó la camioneta en la calle y se dispuso a entrar a su casa rápidamente por la lluvia. Traía una gran bolsa con comestibles. Empujó con el hombro la pesada puerta entreabierta, y entonces escuchó estupefacta ya sobre ella, los gritos de la empleada que salía corriendo y que prácticamente la arrolló, cayendo al piso con la bolsa desparramándose frutas legumbres y algunos ates. La muchacha trastabilló, pero no perdió el equilibrio totalmente y siguió corriendo por la calle bajo la tormenta. Era tan grande su terror que tal vez ni siquiera la reconoció.


Raquel recogió lo caído y lentamente avanzó casa adentro muy intrigada. ¿Qué espantó a la muchacha al grado de salir corriendo aterrorizada? Por supuesto, esto también a ella la angustió pues ya no dudaba que en la casa pasaban cosas sobrenaturales. Sintiendo una opresión en el pecho llegó al pie de las escaleras… Las observó fijamente así como la segunda planta, sin luz eléctrica, todo estaba sombrío y en silencio, salvo por la tormenta que no cesaba. Sin pensarlo más, dejó la bolsa y empezó a subir poco a poco, paso a paso, en total alerta.


Llegó a la segunda planta y siguió avanzando en dirección al dormitorio común, no sabía ni porque se atrevía a entrar sola, evidentemente lo que aterrorizó a la doméstica fue muy fuerte. Las noches de terror que estaban viviendo por los ruidos, las voces, los lamentos, la música del piano, la mujer que lloraba y que aparentemente se arrastraba, las huellas que vio su marido, la voz del niño que le habló; ahora Aidé seguramente vio algo espantoso. Todos eran motivos para llamar a Alejandro o esperarlo, pero no investigar sola, tal vez imprudentemente. Sin embargo, lo que fuese lo enfrentaría antes de que sus hijos lo sufrieran, o tal vez exista una explicación... Más bien se sentía confundida y desesperada, con las emociones encontradas y una gran inquietud, lo cierto es que estaba entrando a la habitación en el cual el frío se acentuaba más de lo normal.


La tormenta no amainaba, la luz regresó solo en una fase tornándose el lugar más sombrío aún. En tensión revisó cada rincón, miró a través de la ventana del fondo, pero el trasfondo gris de la fuerte lluvia no le permitió ver casi nada. El frío calaba en el cuarto por lo que se restregó los brazos; se dispuso a salir, de pronto, inexplicablemente sintió prisa por hacerlo, cuando cruzaba el umbral de la puerta oyó con claridad que le hablaron... ¡Raqueeeel! ... Era la voz de un adolescente pero muy rara, se detuvo con el corazón sobresaltado... Lentamente volteo pero... No había nada. En eso, el estruendo de un rayo que cayó muy cerca la hizo gritar y, continuó caminando más aprisa; al llegar a las escaleras trató de tranquilizarse. Con paso normal comenzó a descenderlas, el artístico cancel que antecedía a la puerta de la calle le parecía lejano. Si hubiese volteado en ese momento quizá habría muerto de terror pues… por el pasillo venía flotando el niño.


Ella sentía vivamente que la seguían, se detuvo cuando le faltaban tres escalones para acabar de bajar y entonces... Comenzó a darse la vuelta lentamente; el fantasma levitando, empezaba también a bajar. Antes de volverse ciento ochenta grados, repentinamente llegó la luz y con esta el niño fantasma desapareció, de tal forma que cuando temblando miró las escaleras y la segunda planta no vio nada, pero el pánico la dominó y se echó a correr. Se detuvo en el cancel y trató de razonar lo que estaba pasando ¿Porqué corría?... ¿Acaso no había subido para investigar que fue lo que asustó tanto a la muchacha? ... Estaba consciente y convencida que en ese lugar sucedían fenómenos paranormales, y qué había decidido enfrentarlos… Entonces ¿Por qué huía?


Se agarró del cancel con fuerza. Hasta entonces asimiló cabalmente que la luz había regresado y la casa estaba iluminada. La lluvia empezaba a ceder quedando solamente una fina llovizna. Fue entonces que escuchó voces y risas en la planta alta de donde acababa de bajar llena de miedo, sabía que no había absolutamente nadie. Las risas se tornaron en carcajadas, como si se estuviesen burlando de ella y luego, con el ya conocido ruido de un espejo que se rompe en mil pedazos, no pudo evitar gritar. Con la vista fija en esa parte de donde provenían los ruidos, con el corazón palpitándole de prisa, de pronto las luces de las lámparas comenzaron a bajar y subir de intensidad intermitentemente. Los fantasmas, las energías, el fenómeno desconocido de lo paranormal se estaba manifestando en toda su intensidad en pleno día. Raquel no pudo más y mejor salió a buscar un teléfono para hablarle a Alejandro.


El teléfono del escritorio de Alejandro, un poco apartado de los demás en aquel edificio colonial y que le daba cierta privacidad como ejecutivo, sonó cuando más ocupado estaba.


- ¿Bueno? - Luego escuchó con atención a su interlocutor.


- Trata de guardar la calma Raquel, en este momento me es imposible ir… Sí, por supuesto… Ahora ya no tengo la menor duda… Pero te juro que estoy completamente saturado - Al decir esto lanzó un rápido vistazo sobre el cliente, que atendía del otro lado de su elegante escritorio, y a otros más que en un cercano mueble colonial esperaban turno – Sí, desde luego, ya te dije que en cuanto pueda llevaré a un experto en ese tipo de fenómenos - el semblante del subgerente delataba una real preocupación, al grado que llamó la atención de la persona sentada frente a él - ¡No! ¡No! ... ¡Claro que no te puedes quedar en la calle con este tiempo! - notó que su cliente estaba intrigado, al cual sonrió a manera de disculpa - Si es así de serio voy enseguida, quizá en veinte minutos, espérame entonces afuera, no tardo.


Enseguida hizo una seña a su secretaria para que se acercara.


- Señorita, dígale al gerente por favor que un asunto urgente en mi casa requiere mi presencia, regresaré lo más pronto posible, mientras siga atendiendo a las personas y consúltele cualquier cosa - Se disculpó con él cuenta habiente y se puso de pie. Pero antes de empezar a caminar abrumado por la preocupación,  oyó la voz de aquella persona como en un susurro…


- Disculpe que me meta en lo que no me importa, por lo que escuché ¿Parece que tiene problemas en su casa de tipo paranormal? - aquel cliente le sonreía amigablemente esperando su respuesta.


- Qué pena me da que haya escuchado, seguramente le parecerá ridículo - Alejandro de pie, se fijó ahora con más detalle en el que le hablaba, sentía cierto escozor por lo incómodo del tema, era un hombre maduro pero joven aún.


- Bueno, en realidad no debe sentirla. Yo sé lo que es eso porque me ha pasado - ahora estaba serio.


- ¿En verdad? - Inmediatamente sintió un vivo interés por lo que le decía, al grado que se regresó los cinco pasos que ya había dado.


- ¿Me podría orientar? ... ¿Ayudar? - Aquellas palabras se le salieron casi sin sentir, producto de una situación desesperada.


- Sé que tiene prisa señor subgerente, no me explique nada, sólo permítame darle esta tarjeta, esta persona lo puede ayudar.


- Gracias, en verdad se lo agradezco. Alejandro le estrechó la mano, ya un poco más tranquilo de que alguien lo comprendiera, y sin mirar la tarjeta, se la metió en la bolsa del saco para enseguida alejarse rápidamente.


Raquel corrió a encontrarlo cuando vio que se acercaba a grandes zancadas. La lluvia había cesado completamente, aunque el cielo permanecía con gruesos nubarrones que se movían lentamente.


- Alejandro! ... ¡Nunca te hubiese molestado en tu trabajo! ¡Pero esto ya es aterrador! - el semblante de Raquel reflejaba angustia y miedo, luego le platicó lo vivido.


- Por supuesto que te creo mujer, esto es extraordinario pero cierto. Lo peor es que no podemos platicarlo sin exponernos a las burlas, pero mira, se me ocurre lo siguiente, pasemos a la casa y te lo explicaré no temas - La tomó por los hombros y entraron, una llovizna fina se soltó nuevamente tornando todo gris en las calles con poco tráfico.


Se sentaron en la colonial sala, las luces estaban encendidas y todo parecía haber vuelto a la normalidad. Aún así, Raquel volteaba en todas direcciones nerviosamente.


- Tranquilízate, te diré qué pienso hacer.


- ¡Por favor, dímelo ya!


- Primero; antes de regresar al banco buscaré a un sacerdote. Iré a algún templo cercano o a la catedral no sé, pero lo traeré para que bendiga la casa y luego - sacó la cajetilla de cigarros, le ofreció uno a Raquel, que lo aceptó rápidamente, se lo encendió y también el suyo. Ella dio una ávida fumada y exhaló el humo inquieta.


- ¡Y luego que Alejandro, por favor continúa!


- ¡Sí! ¡Sí! ...Enseguida - Metió la mano a la bolsa del saco y extrajo la tarjeta mirándola por primera vez. Observó un número de teléfono y un nombre... “OLGA” “INVESTIGACIONES PARANORMALES”,  se la mostró, era lo único que se le ocurría.


- Luego buscaré a esta persona, me la recomendó un cliente del banco; me pareció una persona desinteresada y sincera.


- Yo confío más en el sacerdote, Alejandro - Raquel se iba tranquilizando.


- Es una situación desesperante mujer, debemos intentar todo, tenme confianza - La tomó de las mejillas tiernamente tratando de infundirle valor.


En eso, se escucharon las voces y los pasos de sus hijos, que regresaban. Inmediatamente ocultaron el tema y los recibieron con una sonrisa.


Continuará...


 


*NOTA: Se trata de una historia basada en hechos reales. Esto le sucedió a una familia en la década de los 70 en Morelia, Michoacán (México).


 


José Silva Vázquez


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